De microfirmas y otras leyendas… una aproximación sui generis a Goya.

“Quién intenta aclararse un poco la realidad que fue Goya se encuentra inmediatamente sumergido en una atmósfera mágica que es su leyenda. Esta leyenda goyesca es uno de los hechos más curiosos de la mente contemporánea y merece que le prestemos alguna atención. Por otra parte, si no dejamos bien cancelado el asunto de la imagen tradicional que de Goya se ha tenido, y en buena porción, se sigue teniendo, su legendario fantasma aparecerá en todos los recodos y tras todas las esgrimas de este estudio sobre su persona y su obra, estorbándonos al andar, confundiéndonos las perspectivas.”

Goya
, José Ortega y Gasset.


— I —

La idea de este film nació de la forma más anodina, casual: un día cualquiera, en una conversación de sobremesa que se alargaba, un conocido me cuenta la historia de unos señores de Barcelona que habían adquirido un Goya inédito. “¿Un Goya inédito?”, pregunto sorprendido. “Sí”, me dice, “un Goya inédito, un cuadro comprado por dos duros, que se podría vender por millones”.

Avanzada la historia, me cuenta que estos señores argumentaban que ese retrato fue pintado por Goya por la “sencilla” razón de que contenía su firma en el.
¡Y no una sola, sino decenas de firmas…!

Y yo, cándidamente, y sin siquiera sospechar el misterio, concluyo taxativamente: “Entonces es un Goya, ¿no?”

“Bueno, no exactamente…”, responde él, “te explico”. Y pacientemente, me pone al día de las peripecias de sus amigos.
Me habla de la renuencia de las instituciones en dar por bueno un sistema “infalible, único e independiente” de saber si una obra es o no es de Goya. Me cuenta sobre esos signos ocultos, sobre esas 'microfirmas' que, según sus amigos, con un poco de práctica y predisposición, se podrían apreciar en todas sus obras. Un secreto conocido por todos, dice, pero que los “dueños del mercado” silenciarían, so pena de perder el control sobre las obras de Goya y su consecuente rédito económico.

Quedé de piedra. Poco sabía yo de Goya, sólo imágenes sueltas, cinco, seis cuadros, poco más.
Así que días más tarde, cuándo a petición mía, me presentó a R., el dueño del cuadro, y sus socios, me dije: he aquí lo que estoy buscando. Esta es la historia que me gustaría filmar.

 

— II —

La historia me cautivó desde el principio, debo reconocerlo, no lo negaré. No por su verdad incontestable, ni siquiera por su aparente principio de 'David contra Goliat' , dónde los primeros serían estos inocentes compradores cuya verdad les es negada y los segundos los 'dueños del mercado' . No. No era esto lo que me mantenía en vilo.

Si bien al principio podría haber albergado cierta esperanza en el potencial novedoso y desestabilizador de las 'microfirmas' , al sumergirme en mis propias y goyescas pesquisas, entendí que la posibilidad de que Goya se dedicará a ocultar decenas de firmas en sus lienzos, entendida así, literalmente, era como mínimo, estrafalaria.

Lo que me interesaba del caso, era justamente lo que tenía de leyenda, de fenómeno social: a lo largo y a lo ancho del territorio de mi investigación me encontraba con personas que argumentaban tener “goyas” en sus casas, todos ellos inéditos y todos ellos con esos signos invisibles… decenas de “goyas” desconocidos que ni el mercado ni los museos estaban dispuestos a reconocer.

Durante el tiempo que duró la preparación del film, tuve la suerte de poder estudiar, al natural, una gran cantidad de cuadros de Goya, tanto en colecciones públicas como privadas. El ojo se iba acostumbrando, y uno podía comenzar a considerar las diferencias…

Sin embargo, la historia de R. estaba allí, golpeando a mi puerta, llamando mi atención sobre ella.

Sabía que no me satisfaría hacer una película sobre una persona que encuentra un cuadro, comprándolo por dos duros, con la intención de venderlo por millones. Rápidamente me hubiera aburrido, hubiese perdido el interés. No creía que Goya se debiera reducir a eso, a una especie de acciones de mercado, propias de las pulsiones de un capitalismo rampante. No me interesaba un nuevo titular tipo “Modigliani triunfa en las subastas”, “Picasso bate su propio record en la cotización de sus cuadros”, “Un dibujo de Goya se vende por cuatro millones”, estos ya aparecían cotidianamente en los medios de comunicación. Como si esto, y solamente esto, fuese el sello de garantía, lo único importante. En un mundo dónde todo se mide por su precio en el mercado, el valor de las cosas quedaría entonces, tristemente, reducido a eso.

En algún momento, recuerdo, tan enfrascado como estaba en el estudio de Goya, llegué incluso a coquetear con la idea de abandonar la historia de R., y de centrarme sólo en el pintor. Sin embargo, una película sobre Goya, dónde habláramos de su pintura, mostremos sus cuadros, delineemos su biografía, entrevistemos sólo a los expertos académicos, me hubiera aburrido también rápidamente.

Además, debo confesarlo: a pesar de mis esfuerzos de alejarme, la historia de R. me absorbía. Un personaje que se iba liberando de mi propio designio, con una obsesión que me arrastraba.

¿Qué hacer entonces?

Había algo entre estas dos narrativas, la de R. y la de Goya, una tensión constante, que me hacía considerar que estaban unidas por algún cordón invisible… Y a esta idea me aboqué, hasta que tuve que asumir que esa unión constituía, en realidad, mi propio acercamiento a Goya, mi propio aprendizaje, mi viaje en pos de su estela, con mis dudas, certezas, simpatías, antagonismos…

Considero que la simple formulación de una pregunta aparentemente ridícula o anodina, viene en nuestra ayuda como si de aquel cepillo benjaminiano se tratase, ese intento de pasarlo a contrapelo de la historia, con la esperanza de vislumbrar entresijos velados.

Este caso era para mi una excusa singular que me permitiría delinear una fotografía mucho más compleja de la recepción que se tiene de Goya hoy en día, vehiculando la narrativa del film, de manera distinta.

Ante el interrogante de si es posible que Goya se dedicara en exclusiva a tal obsesiva y automática tarea de 'microfirmar' sus obras deviene la pregunta de quién era Goya, qué hacía, cómo pintaba, qué sabemos de él, qué conocemos, qué suponemos…

 

— III —

“Goya, el secreto de la sombra” es un film, ante todo, sobre Goya. Es cierto, pero no intenta ni pretende ser un film perentorio, sería una tarea tan imposible como innecesaria.

Una aproximación … un boceto… una manera de entrar en Goya por la puerta de atrás, de ver el escenario desde el lugar del tramoyista…

Enrique Lafuente Ferrari escribía que “algo de áspero e indomable existe siempre en la obra de Goya, qué se somete mal al encuadramiento (…) los aciertos e intuiciones de un pintor extraordinario suelen ser, en su esencia más íntima, intraducibles por la palabra humana, y no se prestan sino con gran violencia , en la que puede resultar escamoteado lo más hondo y auténtico de su arte, a una exposición coherente y sistemática”

Este film es, en este sentido, un acercamiento atípico a la obra del autor, un intento de dar otras perspectivas a su bagaje cultural, y si se quiere, un viaje personal hacia Goya, una aproximación sui generis, un recorrido 'de autor' y contemporáneo por el mundo del arte y el universo de Goya, por su extraordinaria leyenda.

David Mauas