Algunas notas sobre la utilización de la fotografía fija en el film,

por David Mauas

 

Una de las primeras preocupaciones que tuve que definir al comenzar a pensar en este proyecto, era cómo mostrar las obras de Goya en el film.

Recuerdo hace diez años, en una vista al Museo del Prado, cuándo todavía se podía fotografiar, haber expuesto un par de carretes en blanco y negro. Tiempo después, una vez revelados, anoté en mi diario: “Me pregunto como sería un trabajo fotográfico tomado de pinturas, una especie de reframing”.

Cuándo años después, empecé con la historia de este film, el terreno estaba, si bien todavía de manera inconsciente, abonado.

Había además otra cuestión, no baladí: no quería mostrar las pinturas tal y como venían, filmadas “limpiamente” en los museos o mediante reproducciones perfectas, como imágenes inapelables. Una imagen de “Los Fusilamientos del Tres de Mayo”, como si fuese Los Fusilamientos del Tres de Mayo; una imagen de “La Maja Desnuda” en lugar del cuadro de La Maja Desnuda

No deseaba ocupar el lugar de la pintura de Goya. El mero hecho de decir, he aquí el color de Goya, miradlo, me parecía un desatino. Una impostura.

Opté entonces por una clara apuesta por la intermediación activa y evidente: las fotografías, el reencuadre, una mirada subjetiva, personal, que sirva como distanciamiento de la obra original (la cámara en mano a la hora de filmar el Museo, desde una especie de “punto de vista” autoral, seguiría la misma lógica).
El proceso no era menos importante que el resultado. No sólo fotografiaba en busca de las secuencias para mi film, sino principalmente como medio de observación, de aprendizaje, de acercamiento.

Llegué a exponer más de ochenta carretes. Cientos de fotografías…
Me invadía una sensación de embriaguez, un desenfreno: sólo frente a la obra de Goya, la intimidad, fotografiando como un poseído, re-enmarcando, aprehendiendo, interpretando.
La fotografía induce, ayuda a observar. Nos esconde a la vez que nos hace visibles. Juego de espejos.

Me obsesioné con una quimérica idea: de tener bajo mi obturador toda la obra de Goya, obtendría sin duda alguna, una vez ordenadas, una narrativa entera de la historia de España. Ayer y hoy. Un cuadro no es solo lo que esta pintado, lo que vemos, sino también su historia. Su propia biografía desde el momento en que se pintó, hasta el preciso instante en que lo vemos.
No es solo el retratado o el acontecimiento representado, sino la suma de todas las miradas que se han posado sobre él.

“El tiempo también pinta”, escribía Goya. La patina del tiempo, su patina, su aura…

Siembre recordaré una tarde: me encontraba en medio de la sala de un museo, rodeado de las pinturas de Goya y me invadió la angustia.

¿Cómo me sentiría si supiera que esa era la última vez que yo visitaría esos cuadros, la última vez que los viera al natural? Una sensación contradictoria, extraña. Saber que las fotos que yo tomaba de los cuadros no eran los cuadros, y que no podía basarme en ellas para mi memoria. Y por otro lado, asumir que las fotos comenzaban a tomar el lugar del cuadro verdadero, en mi experiencia íntima…

Eterna contradicción…